sábado, 19 de enero de 2019

interpretacionismo democrático y no verdad

El interpretacionismo democrático -sea postanalítico o posestructuralista- permite satanizar sutilmente -sin el satanismo explícito del Prólogo del Nunca Más- la violencia que no sea simbólica, la violencia que no sea la de una interpretación contra otra interpretación. Toda violencia que se lea a sí misma como primera -como violencia material justa y necesaria para instaurar una interpretación contra otra interpretación, como violencia creadora de derecho en lugar de conservadora del derecho, como violencia que está en el origen del orden y puede irrumpir en cualquier momento, como violencia que siempre está presente en el contrato, por muy pacíficos que sean los contratantes, porque el poder que lo garantiza también es de origen violento- queda asociada al pasado reciente: a la lucha a muerte en términos de verdad, no al conflicto de las interpretaciones en términos de no verdad.

El interpretacionismo, en el retorno de la democracia, es un ismo no consecuente, porque tiene que hablar de no verdad y, a la vez, de mal absoluto. Por eso no es aplicable, retroactivamente, a toda la historia argentina.

Silvia Schwarzböck, Los espantos

viernes, 18 de enero de 2019

postdictadura y no verdad

La parte no alfonsinista de la cultura alfonsinista, por eso, fue foucaultiana. La parte alfonsinista, en cambio, hizo primar en sus bibliografías la filosofía analítica que, para la época del texto de Foucault (1965), ya había tenido su propio giro lingüístico: ella también desconfiaba de la verdad -la verdad científica como comienzo de toda investigación filosófica- en la que confiaba ciegamente, tomando como modelo a las ciencias duras, el Círculo de Viena, y hablaba de sí misma -agregándose el prefijo post- como filosofía postanalítica. También por la vía postanalítica se podía llegar -y menos laberínticamente que por la vía foucaultiana- a la ausencia de comienzo, a la interpretación infinita, a la no verdad.

Esta doctrina del no comienzo, de la interpretación infinita, de la no verdad -aprendida por la vía postanalítica o por la vía postestructuralista- enseñaba a entender, como parte de un giro lingüístico que excedía a la Argentina, por qué la democracia no podía empezar, sino sólo retornar

Silvia Schwarrzböck, Los espantos. Estética y postdictadura

jueves, 17 de enero de 2019

preparado para la no verdad

A partir de 1984, Nietzsche, Marx, Freud (1965), de Michel Foucault, se incorpora, como lectura obligatoria, a los programas de "Introducción a la filosofía" (que suele ser una materia inicial - con ese nombre u otro parecido- en todas las carreras de humanidades). Lo obligatorio a aprender, para la vida en democracia, de un texto inmediatamente anterior a la Noche de los Bastones Largos, es la primacía de la interpretación: no existe un comienzo ni un fundamento último para la vida en común; la vida en común es un sistema de signos; y los signos son malévolos; la malevolencia del signo -su ambigüedad estructural, explica el profesor- es inextinguible, porque todas las interpretaciones son interpretaciones de interpretaciones; cada signo es una interpretación de otra interpretación; y esta interpretación infinita - entiende finalmente el alumno- no es otra cosa que la democracia. La democracia es interpretación infinita porque no hay comienzo sino retorno. La democracia postdictatorial es retorno a (o de) la democracia - como se dice en 1984 y como se sigue diciendo hasta hoy-. La democracia nunca podría haber sido comienzo.

La filosofía de la sospecha, a partir de 1984, se convierte en instrucción cívica. Sospechar de la verdad es un buen principio para la vida en común. Bajo esta premisa, Marx no es un teórico de la revolución. Nietzsche no es el autor de La voluntad de poder -la autoría, como imputación, se transfiere a su hermana protonazi- y Freud no es el teórico burgués del Edipo ni el inspirador de la liberación sexual del freudomarxismo. Marx no interpreta las relaciones de producción, sino la interpretación que las ha naturalizado: interpretándolas como una interpretación, demuestra que se ha instituido no por su verdad, sino por medio de la violencia. La etimología de la palabra bueno (agathós) en la Genealogía de la moral, muestra no sólo que todas las palabras son interpretaciones de interpretaciones, sino que esas interpretaciones las instituyen las "clases superiores" (o las "clases dominantes" en el vocabulario marxiano). Freud interpreta en el lenguaje de sus pacientes lo que sus pacientes le ofrecen como síntomas: la interpretación del analista es la interpretación de la interpretación del paciente. El síntoma es una interpretación, contra la cual el psicoanálisis inventa otra interpretación.

Después de entender cuál es el legado eminentemente contemporáneo de Nietzsche, Marx y Freud - es decir, qué es lo que hace que ellos no pasen a retiro junto con la teoría burguesa y la teoría proletaria-, el alumno ya sabe, para el resto de su vida en democracia, que todas las interpretaciones se instituyen por la violencia (en lugar de imponerse por su verdad) y se destituyen por la violencia (en lugar de caer por su falsedad): el signo es una máscara que recubre la interpretación y, por eso mismo, la interpretación siempre está obligada a interpretarse a sí misma, a volver sobre sí bajo la preguntaa "¿quién?" (¿quién ha propuesto la interpretación?) y no "¿qué?" (¿qué referente tiene?).

Una vez entendida la no verdad de la vida en común, el alumno saca del texto de Foucault una conclusión que nunca podría llevarlo a la violencia política (ni siquiera a simpatizar con ella): la violencia -de la que hablan los filósofos de la sospecha- es la violencia de una interpretación contra otra interpretación. La violencia no es otra cosa que el conflicto entre las interpretaciones. No hay violencia originaria. No hay violencia primera. Ni hay contraviolencia (no hay violencia del Pueblo de la que pueda decirse, después de leer a Foucault, que no es violencia). Además, por si fuera poco, la democracia es lo suficientemente violenta, en términos simbólicos, como para buscar violencia fuera de los límites discursivos. El alumno que saca estas conclusiones está debidamente preparado para la democracia, es decir, para la no verdad.

Silvia Schwarzböck, Los espantos. Estética y postdictadura

domingo, 13 de enero de 2019

(soñando a no sé quién, en no sé dónde)

soñaba en vos
pensaba en cuántos tiempos se deshilacha el tiempo
y dónde estás
por qué ya no te veo
y se hace tarde
y si mi sueño ocurre en otro lado
y lloraba en el sueño
o en otra parte
no sé si por los tiempos
o por mí

(soñando a no sé quién, en no sé dónde)

miércoles, 9 de enero de 2019

esa sensación de impunidad, propia del que se siente vencedor antes de haber vencido

Las fotografías de Abu Ghiraib muestran un campo de concentración que, incluso en su concepto, no se parece más a Auschwitz. "Actúan como si fueran turistas: mientras filman y archivan, no temen causas legales", declaró Ronald Rumsfeld sobre el comportamiento de los soldados norteamericanos durante la ocupación de Irak. Esa sensación de impunidad, propia del que se siente vencedor antes de haber vencido, no deja indemne al objeto: el objeto se pornografiza.

Que el campo de concentración se deje ver implica no sólo que lo que sucede en su interior (su clandestinidad, su terror específico) se planifica para ser visto, sino que la mirada que está en condiciones de no cerrar los ojos, cuando se le muestren sus imágenes, excede al círculo de los verdugos. El estado más avanzado de la miradda, para ser espectador de lo explícito, le corresponde a un sujeto anónimo, en cuyo lugar se pone el verdugo cuando se autofotografía (o se hace fotografiar) junto a su víctima.

Quien difunde esta clase de imagen, aunque no sea la misma persona que la registra, sospecha que existe el mismo tipo de frialdad (una frialdad maquínica) y el mismo tipo de ligereza (la liviandad de lo portátil) en el archivo que en la cámara. Así, la imagen concentracionaria se graba en la retina antes que en el cerebro, opera sobre el ojo antes que sobre el inconsciente, interpela al yo espectador (capaz de disociarse de su psiquismo e identificarse con la cámara) en lugar de interpelar al yo psicológico (capaz de identificarse, catárticamente, con el dolor ajeno). Cuando a esta mirada posthumana se le ofrece, en imágenes explícitas, el campo de concentración, lo archiva en una memoria digital, portátil, liviana, externa a su cuerpo, infinitamente más amplia (y menos selectiva) que la que ha recibido de la naturaleza.

Silvia Schwarzbock, Los espantos

viernes, 28 de diciembre de 2018

esa tormenta me dio miedo

De pronto me acordé de algo. Proyectábamos hace algunos años La orilla que se abisma en un pueblo de Entre Ríos. El público era variado, algunos habían leído la poesía de Juan L. Ortiz, otros no. No eran demasiados los espectadores, unos veinte. Quizás por eso pude prestarle atención a una mujer, de unos setenta años, en el fondo de la sala, que permaneció inmóvil durante el rato que duró la charla posterior. Parecía prestar atención a los comentarios, pero también ajena a todo, como hundida en un estado indescifrable. Terminó la charla, la mujer se acercó y me dijo: "Toda mi vida viví en el campo... esa tormenta me dio miedo". Se refería a una pequeña secuencia de la película. No dijo nada más, me miró unos instantes y se fue. Ahora pienso en el poder afectivo de la lluvia, de su ligazón emocional con todos nosotros. Hay algo primario en ese vínculo con la naturaleza, un modo de estar a merced de, una forma de intemperie. La lluvia despliega en nosotros un saber de características dobles, ancestral y arcaico, por un lado: personal por otro.

Gustavo Fontán, "Lluvias", Marzo de 2015, El lago helado

domingo, 23 de diciembre de 2018

condición de combate

Hay una condición de combate que aleja toda duda, una condición de combate, por tanto, que hace que el combatiente sea verdaderamente alegre y desenvuelto; y la condición es ésta: que cuando pierde, vence.'

Discursos Edificantes, Søren Kierkegaard, 1844

sábado, 22 de diciembre de 2018

pare de sufrir: piense

Las refutaciones del neoliberalismo no están hechas, hay que hacerlas. Una de nuestras tareas siempre pendientes es comprender la realidad y comunicar esas comprensiones que vamos conquistando. Es una cuestión no solo racional sino también política. Si ellos apuestan por la posverdad y la eficacia de la voluntad de poder, la verdad siempre nos está esperando. Hay que entender la lógica de los movimientos que hace el enemigo, pero no asumirla como propia. No solo para interpretar el mundo sino también para cambiarlo. Menos Nietzsche y más Sócrates/Marx.

viernes, 21 de diciembre de 2018

la opresión del pensamiento débil

En esta época está muy extendido: está lleno de sujetes cuya principal tesis parece ser que hay que respetar al que piensa distinto, pero cuando aparece alguien que piensa distinto a elles, se sienten ofendides y te reclaman que respetes a le que piensa distinto. En el fondo lo único que quieren es que todes piensen lo mismo.

viernes, 30 de noviembre de 2018

puedo verme, o más bien, puedo dejar de verme

Muerto y enterrado como estoy, nada parecía cambiar para mí. Me fui de aquel mundo de la misma manera que partí de tantos lugares: en silencio y sin que nadie lo notara.

Un raro cosquilleo penetra ahora mi cerebro, pequeñas puntas crecen llenas de filamento y pelusa, se instalan en mí y, por ósmosis, se alimentan de mis pensamientos. Ya no sólo pienso por mí mismo, recuerdos y desvaríos. Ahora también pienso clorofila, pienso savia, pienso la tierra buena, la humedad que refresca y crezco hacia adentro y hacia afuera, hacia abajo y hacia arriba, todo al mismo tiempo. La tierra (su interior) y el sol son mis destinos, o al menos, de a poco, tan de a poco, se van volviendo nuevas búsquedas. Jamás había echado raíces pero ahora esas raíces se echan sobre mí. Me absorben, sintetizan y trepanan, hacen jugos de los restos de mi sangre, de mis riñones roídos, de las piernas tiesas.

El cajón que me contenía, resquebrajado, se ha incrustado donde debería haber pulmones, ahora respiro madera y gusanos. Los movimientos de la tierra, con el paso de las raíces, hacen de mis restos un mosaico cubista, un mundo de desfases, dislocaciones, huesos en procesos de desorden.

Quieto, contemplativo, soy testigo de puros movimientos, soy la inercia de otros impulsos, insumo y consecuencia. No me evaporo, pero pareciera. Puedo verme desde distintos ángulos, cada parte de mí, cada transformación que sufro en un rincón es un nuevo punto de vista que aprecia los demás restos. Soy justamente eso: restos, y soy lo nuevo: raíces, gusanos, abono, tierra, hojas. Desde todos lados puedo verme, o más bien, puedo dejar de verme, puedo ver cómo soy dejando de ser.

Yo soy, sin embargo, yo sé que estoy, yo siento los movimientos, puedo ver, crezco, vivo los ciclos y respiro mirando al cielo.

Ahora que vuelvo a aquel mundo, se abre la tierra para mí, me yergo, me amplío, me tuerzo hacia mis costados y bajo mis frutos me hago inmenso en mi sombra.

Iván Silvero Salgueiro, "Muerto y enterrado", La lluvia, Libros del perro negro, 2018