miércoles, 9 de enero de 2019

esa sensación de impunidad, propia del que se siente vencedor antes de haber vencido

Las fotografías de Abu Ghiraib muestran un campo de concentración que, incluso en su concepto, no se parece más a Auschwitz. "Actúan como si fueran turistas: mientras filman y archivan, no temen causas legales", declaró Ronald Rumsfeld sobre el comportamiento de los soldados norteamericanos durante la ocupación de Irak. Esa sensación de impunidad, propia del que se siente vencedor antes de haber vencido, no deja indemne al objeto: el objeto se pornografiza.

Que el campo de concentración se deje ver implica no sólo que lo que sucede en su interior (su clandestinidad, su terror específico) se planifica para ser visto, sino que la mirada que está en condiciones de no cerrar los ojos, cuando se le muestren sus imágenes, excede al círculo de los verdugos. El estado más avanzado de la miradda, para ser espectador de lo explícito, le corresponde a un sujeto anónimo, en cuyo lugar se pone el verdugo cuando se autofotografía (o se hace fotografiar) junto a su víctima.

Quien difunde esta clase de imagen, aunque no sea la misma persona que la registra, sospecha que existe el mismo tipo de frialdad (una frialdad maquínica) y el mismo tipo de ligereza (la liviandad de lo portátil) en el archivo que en la cámara. Así, la imagen concentracionaria se graba en la retina antes que en el cerebro, opera sobre el ojo antes que sobre el inconsciente, interpela al yo espectador (capaz de disociarse de su psiquismo e identificarse con la cámara) en lugar de interpelar al yo psicológico (capaz de identificarse, catárticamente, con el dolor ajeno). Cuando a esta mirada posthumana se le ofrece, en imágenes explícitas, el campo de concentración, lo archiva en una memoria digital, portátil, liviana, externa a su cuerpo, infinitamente más amplia (y menos selectiva) que la que ha recibido de la naturaleza.

Silvia Schwarzbock, Los espantos

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