viernes, 29 de diciembre de 2017

estás llamado a ser un dirigente

Loa de la duda

¡Loada sea la duda! Te aconsejo que saludes
serenamente y con respeto
al que pesa tu palabra como una moneda falsa.
Quisiera que fueses precavido y no dieras
tu palabra demasiado confiadamente.

Leé la historia. Ve
a ejércitos invencibles en fuga enloquecida.
Por todas partes
se derrumban fortalezas indestructibles,
y podrían contarse
de aquella Armada innumerable al zarpar
las naves que volvieron.

Así fue como un hombre subió un día a la cima inaccesible,
y un barco logró llegar
al confín del mar infinito.
¡Oh, hermoso gesto de sacudir la cabeza
ante la indiscutible verdad!
¡Oh, valeroso médico que cura
al enfermo ya desahuciado!

Pero la más hermosa de todas las dudas
es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza
y dejan de creer
en la fuerza de sus opresores.

¡Cuánto esfuerzo hasta alcanzar el principio!
¡Cuántas víctimas costó!
¡Qué difícil fue ver
que aquello era así y no de otra forma!
Suspirando de alivio, un hombre lo escribió un día
en el libro del saber.

Quizá siga escrito en él mucho tiempo
y generación tras generación
se alimenten de él juzgándolo eterna verdad.
Quizás los sabios desprecien a quien no lo conozca.
Pero puede ocurrir que surja una sospecha,
que nuevas experiencias
lo conmuevan.
Que la duda se despierte.

Y que, otro día, un hombre, gravemente,
tache el principio del libro del saber.
Instruido por impacientes maestros,
el pobre oye que este es el mejor de los mundos
y que la gotera del techo de su cuarto
fue prevista por Dios en persona.
Verdaderamente, le es difícil
dudar de este mundo.
Bañado en sudor,
se curva el hombre construyendo la casa
en que no ha de vivir.

Pero también suda a mares el hombre
que construye su propia casa.
Son los irreflexivos los que nunca dudan.
Su digestión es espléndida, su juicio infalible.
No creen en los hechos, sólo creen en sí mismos.
Si llega el caso,
son los hechos los que tienen que creer en ellos.
Tienen ilimitada paciencia consigo mismos.
Los argumentos los escuchan con oídos de espía.

Frente a los irreflexivos, que nunca dudan,
están los reflexivos, que nunca actúan.
No dudan para llegar a la decisión,
sino para eludir la decisión.
Las cabezas sólo las utilizan para sacudirlas.
Con aire grave advierten contra el agua
a los pasajeros de las naves
que están hundiéndose.

Bajo el hacha del asesino,
se preguntan si acaso el asesino
no es un hombre también.
Tras observar, refunfuñando,
que el asunto no está del todo claro
se van a la cama.
Su actividad consiste en vacilar.
Su frase favorita es:
«No está listo para sentencia.»
Por eso, si alabás la duda,
no alabés, naturalmente,
la duda que es desesperación.

¿De qué le sirve poder dudar
a quien no puede decidirse?
Puede actuar equivocadamente
quien se contente con razones demasiado escasas,
pero quedará inactivo ante el peligro
quien necesite demasiadas.
Vos que sos un dirigente, no olvides
que lo sos porque has dudado de los dirigentes.
Permite, por lo tanto, a los dirigidos
dudar.

Bertold Brecht, Loas de la duda

No hay comentarios: