miércoles, 25 de febrero de 2015

nadie nada nunca

En una de sus buenas películas de los setenta (En el transcurso del tiempo), Wenders muestra a un personaje leyendo en el diario la noticia de la muerte de Lang. Es un momento de cine puro, en el que la ficción se superpone (y se sobrepone) a la realidad. El film no se detiene ni estalla ante esa marca de lo real, sino todo lo contrario, la incorpora como metáfora, anulada y perfecta, de todo lo que el cine tiene de documental (aun el de ficción). Sabe que negar esa marca sería negar el cine mismo. En cambio, en el cine argentino nadie nada nunca en las páginas de un diario. Al menos desde la década del noventa.

En El amor es una mujer gorda, una de sus buenas películas de los ochenta (esas que le debían mucho al primer Wenders), Agresti hace que su protagonista lea en el diario la noticia de la sanción de la ley de obediencia debida. Y así como la muerte natural de Lang (antes que la innatural de Fassbinder) marcaba para el cine alemán el fin de su tardía modernidad (como pronto iba a comprobar Wenders en carne propia), la legalización de la impunidad señalaba en Argentina no sólo el fin de la primavera democrática y el preanuncio del menemismo, sino la renuncia al cine político (aunque sin poder evitar lo político del cine). No es casual, entonces, que esa haya sido la última lectura de un diario en el cine argentino... De ahí en adelante, la realidad es algo que pasa más allá de los personajes, un trasfondo (trágico o banal) del que no se hacen cargo.

Nicolás Prividera, El país del cine. Para una historia política del nuevo cine argentino
Tercera parte, "La experiencia insensible", Leer el diario en el cine.

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