lunes, 23 de febrero de 2015

gran satán

Yo, en ese artículo al que hago alusión, un artículo en el que, de alguna manera, sostenía en relación a la tradición, que es la que nos convoca hoy aquí, la idea de que el cine argentino podría dividirse, como prácticamente todas las cosas, en dos tradiciones opuestas, y que había una tradición que podríamos llamar, y que se llamaba desde hacía mucho tiempo, con el nombre extrañamente oficial de cine nacional… cine nacional, lo repito… yo creo que debe ser el único país del mundo, sin dudas uno de los profes aquí presentes pueden decir si, por ejemplo, Estados Unidos considera que Casablanca forma parte del cine nacional, o si en Moscú piensan que La Conjura de los Boyardos es cine nacional (ya ahí es más complicado igual, como no ignorarán). Digo, la palabra nacional es una palabra elocuente, ¿no?; entonces, yo decía, por un lado está ese cine nacional, en el artículo de marras en el que yo me apresuraba con una prosa un poco influida por mi reciente conversión al islam, y llamaba al cine nacional “Gran Satán”, “nuestro Gran Satán”; y por otro lado, sugería que, contra esa tradición, para usar palabras caras a mi colega, hegemónica del cine nacional, existía una suerte de pequeña tradición que era aquella que estaba fundada en un rechazo de la noción de cine nacional y del cuerpo de películas que componían el cine nacional. Es decir, una tradición que era contraria al cine nacional en su misma constitución. Quiero decir, una tradición de películas cuyo objetivo… primigenio consistía en separarse de manera ferviente, de manera furiosa en algunos casos, de esa entidad llamada cine nacional. Y entonces, como yo tendía a generar una especie de alianza entre esa tradición y el cine independiente del cual me considero parte, el cine independiente surgido a fines de la década del 90 en la Ciudad de Buenos Aires, tendía a establecer esta especie de rivalidad entre estos dos universos: existía un cine que odiaba al cine nacional y otro que se reconocía parte del cine nacional. Podemos empezar, si quieren, ya no me quiero extender demasiado, pero me parece que cada una de esas posiciones reconoce, a su vez, antecedentes, lo cual constituye una tradición. Hablaría de varias pequeñas escuelas marginales con respecto al cine argentino del pasado, y no te digo solamente en la Universidad del Cine, que no es ciertamente marginal, digámoslo de una vez por todas, pero está comandada por un personaje que ha sido siempre bastante marginal, que es 
Filipelli. 

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