lunes, 9 de febrero de 2015

es preciso ser desgraciados y fuertes, hermanos de los perros

La soledad: hay que ser muy fuertes
para amar la soledad; hay que tener buenas piernas
y una resistencia fuera de lo común; hay que evitar
resfríos, influenza o dolor de garganta; no hay que temer
a asaltantes ni a asesinos; si es preciso caminar
toda la tarde o quizá toda la noche,
hay que saber hacerlo sin darse cuenta; no hay donde sentarse,
especialmente en invierno, con el viento que sopla sobre la hierba mojada
y con las piedras entre la basura, húmedas y fangosas;
no hay ninguna consuelo, de eso no hay duda,
salvo el de tener por delante un día y una noche
sin deberes ni límites de ningún tipo.
El sexo es un pretexto. Por muchos que sean los encuentros
-incluso en invierno, por las calles abandonadas al viento,
entre las montañas de basura contra los edificios lejanos,
suelen ser muchos- no son más que momentos de la soledad;
cuanto más caliente y vivo es el cuerpo gentil
que mancha de semen y se va,
más frío y mortal alrededor es el amado desierto;
es él quien llena de alegría, como un viento milagroso,
no la sonrisa inocente ni la turbia prepotencia
del que luego se va; él se lleva una juventud
enormemente joven, y en esto es inhumano,
porque no deja rastros, o mejor, deja solo una huella
que es siempre la misma en todas las estaciones.
Un muchacho en sus primeros amores
no es otra cosa que la fecundidad del mundo.
Y el mundo llega con él: aparece y desaparece,
como una forma que cambia; quedan intactas todas las cosas,
y tú podrás recorrer media ciudad y no lo volverás a encontrar;
el acto se ha cumplido; la repetición es un rito. De ahí que
la soledad es todavía más grande si una multitud
espera su turno: en efecto crece el número de desapariciones -
irse es huir- y lo que sigue se cierne sobre el presente
como un deber, un sacrificio al deseo de muerte.
Al envejecer, sin embargo, el cansancio comienza a sentirse,
especialmente en el momento en que apenas ha pasado la hora de la cena:
para ti nada ha cambiado; entonces, por poco no gritas ni lloras;
y eso sería enorme si no fuera, precisamente, nada más que cansancio,
y, si acaso, un poco de hambre. Enorme, porque querría decir
que tu deseo de soledad ya no podría ser saciado,
y entonces ¿qué te queda, si lo que no se considera soledad
es soledad auténtica, aquella que no puedes aceptar?
No hay cena, almuerzo ni satisfacción en el mundo,
que valga una caminata sin fin por las calles pobres
donde es preciso ser desgraciados y fuertes, hermanos de los perros.

Pier Paolo Pasolinia, "Versos del testamento", Transhumanar y organizar

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