jueves, 5 de febrero de 2015

como quitarse el sombrero aunque no haya nadie a quien saludar

Escribir un prefacio es como tocar a la puerta de una casa y luego echarse a correr, como caminar bajo la ventana de una señorita mirando distraídamente hacía el suelo; es como agitar un bastón tratando de golpear al viento, como quitarse el sombrero aunque no haya nadie a quien saludar. Como acicatear al caballo con la pierna izquierda, mientras se lo frena con la derecha, y el corcel dice “¡oye!”, pero a uno le importa un rábano; es como estar en compañía pero sin la menor inconveniencia de estar en compañía, como estar en Valdby contemplando a los gansos salvajes. Escribir un prefacio es como haber llegado, como estar en un agradable salón recibiendo al deseado objeto de la añoranza, sentado en un cómodo sillón, llenando una pipa, encendiéndola… y después tener mucho de qué hablar. Escribir un prefacio es como darse cuenta de que uno está empezando a enamorarse: el alma se encuentra dulcemente inquieta, el misterio queda resuelto y cada acontecimiento es un indicio de la transfiguración. Escribir un prefacio es como hacer a un lado una rama de la enramada de jazmín y verla allí sentada, oculta: mi amada. ¡Oh, es exactamente así! Escribir un prefacio es exactamente así.

Nicolaus Notabene (Soren Kierkegaard), Prefacios, 1844

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