miércoles, 14 de enero de 2015

tercer término

Ituzaingó, mediados del siglo xx: yo era niña. Supongo que a todos los niños les ocurrirá lo mismo, pero a mí se me daba por pensar en el futuro. Nadie podrá borrar el horizonte dibujado e impreso por el imaginario familiar y social, por lo tanto pensaba clichés: me casaría, tendría hijos, una casa quizá, ni siquiera osaba imaginar un coche. Hoy reconozco la estrechez edípica de mi pasado futuro posible.

Pero me siento un tanto reivindicada pues, a pesar de esas pretensiones descaradas, me preocupaban también otras adornadas con delicados estucos. Quiero creer que no eran heredadas. Parecería que las hubiera parido yo misma. Pensaba en el tercer milenio y pensaba en la verdad. En el milenio, porque pensaba que no estaría viva para disfrutar de esa especie de metrópolis policromada que serían las ciudades venideras. Extrañamente, no me entristecía no estar para verlas, más bien me regocijaba con los dichosos que podrían deslizarse por ellas. Y pensaba en la verdad porque estaba segura de que con los años se revelaría con todo su esplendor; una verdad futura con agridulce sabor de manzanas. La esperanza de encontrar esa verdad se fabricó un lecho en algún rincón de mi ser. Si por algo no le temía a la vejez era porque creía que con ella se abrirían las compuertas del saber y todas las contradicciones se acurrucarían como un ovillo. Miraba la afelpada esfera de lana que colgaba de las agujas de mi abuela e imaginaba que así de redonda sería mi comprensión de todos los enigmas.

He de confesar que mis silenciosas fantasías se realizaron, pero invertidas. Aquello que parecía imposible, acaeció. Sobrevolé el pasaje de siglo. En cambio, lo que daba por seguro estalló en mil pedazos. No existe verdad totalizadora ni antes ni al final. Sin embargo, apareció un tercer término no pensado ni esperado, los encuentros

Esther Díaz, La filosofía de Michel Foucault, Prólogo a la quinta edición

No hay comentarios: