sábado, 17 de enero de 2015

revolución

El progreso no radica en la gesticulación revolucionaria. No solo el progreso no radica ante todo en la gesticulación revolucionaria, sino que, a decir verdad, si tuviéramos que rehacer la revolución, no la reharíamos. Y en este aspecto hay un texto que es de sumo interés: "Poco importa que la revolución de un pueblo colmado de ánimo, que hemos visto realizarse en nuestros días [se trata pues de la revolución francesa], triunfe o fracase, poco importa que acumule miserias y atrocidades", y que las acumule a tal extremo, dice Kant, "que un hombre sensato que volviera a hacerla con la esperanza de llevar a buen puerto jamás se resolvería, no obstante, a intentar la experiencia a ese precio". En primer lugar, por tanto, lo importante no es el proceso revolucionario mismo. Importa poco que este triunfe o fracase, eso no tiene nada que ver con el progreso o, al menos, con el signo del progreso que buscamos.  El fracaso o el éxito de la revolución no son signo de progreso o signo de que no lo hay. Más aún, si alguien, conocedor de la revolución y sabedor de cómo se desarrolla, tuviera a la vez la posibilidad de conocer lo que ella es y, pese a ello, llevarla a un final feliz, pues bien, al calcular el precio necesario para hacerla, ese hombre sensato no la haría. En consecuencia, la revolución, lo que se hace en la revolución, no es importante. Aun más, la revolución es algo que no debe hacerse.

Lo que sí es importante, en cambio, lo que tiene sentido y va a constituir un signo de progreso, es que, alrededor de la revolución, hay, dice Kant, una simpatía de aspiración que roza el entusiasmo.

(Michel Foucault, El gobierno de sí y de los otros, 
comentando el texto de Immanuel Kant "El conflicto de las facultades")

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