martes, 20 de enero de 2015

cineastas y críticos

Los malos cineastas (triste lo de ellos) no tienen ideas. Los buenos cineastas (este es su lìmite) tienden a tener demasiadas ideas. Los grandes cineastas (especialmente los inventores) tienen solo una. Esta idea los hace capaces de seguir en movimiento, para llevar esa idea única a través de paisajes siempre renovados e interesantes. El precio a pagar es bien conocido: una cierta soledad. ¿Y qué pasa con los grandes críticos? Lo mismo, excepto que no hay ninguno. Cambian (en otra cosa, pasan de moda, se vuelven cineastas), logran (primero ser famosos, después fastidiar) y finalmente aburren. Todos menos uno. Entre 1943 y 1958 (año de su muerte: no tenía más que cuarenta años), André Bazin fue ese único crítico. Junto con Henri Langlois fue el otro gran cineasta “bis” de su época. Langlois tenía una idea fija: mostrar que todo el cine merecía ser conservado. Bazin tuvo la misma idea, pero al revés: mostrar que el cine conservaba lo real y que más que señalarlo o imitarlo, lo embalsamaba. No faltaron metáforas lo suficientemente hermosas o macabras para decirlo: máscara mortuoria, molde, momia, huella, fósil, espejo.

Serge Daney, Ciné journal, volumen 2 II / 1983-1986

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